martes, 18 de junio de 2013



Ella, tumbada en la arena, lo único que quería era deshacerse, del mundo, de su identidad. Permitir que se la comiera el mundo en vez de comérselo ella. Respiraba lentamente, muy bajito, para que nadie la escuchara y tuviera a bien “salvarla”. Ella, más minúscula que un granito de esa arena sobre la que se escondía, desterraba sus pensamientos, recuerdos y fantasías en una caja de fino cristal. Se negaba a abrirla, para evitar al huracán. Las olas mojaban sus pies y la luna le iluminaba el rostro, pero ella no estaba. Ni estaría. Al menos durante esos minutos en los que ella se enterrara en la playa más lejana de su propia habitación. Tapada con una manta y en el medio de la ciudad, ella, soñaba alejarse, pero nunca era suficiente.