Ella, tumbada en la
arena, lo único que quería era deshacerse, del mundo, de su identidad. Permitir
que se la comiera el mundo en vez de comérselo ella. Respiraba lentamente, muy
bajito, para que nadie la escuchara y tuviera a bien “salvarla”. Ella, más
minúscula que un granito de esa arena sobre la que se escondía, desterraba sus
pensamientos, recuerdos y fantasías en una caja de fino cristal. Se negaba a
abrirla, para evitar al huracán. Las olas mojaban sus pies y la luna le
iluminaba el rostro, pero ella no estaba. Ni estaría. Al menos durante esos
minutos en los que ella se enterrara en la playa más lejana de su propia
habitación. Tapada con una manta y en el medio de la ciudad, ella, soñaba
alejarse, pero nunca era suficiente.