Los satélites que se
lanzan al espacio, no están flotando alrededor, libres y sin ataduras. Lo que
realmente están haciendo es caer. Una y otra vez. La gravedad les empuja a un
vacío sin fin que termina por convertirse en una rutina giratoria de la que no
saben escapar. Y ellos siguen la corriente, porque es lo que en realidad
tienen, deben, saben hacer. ¿Y qué hay de lo demás? ¿Qué es lo que queda cuando
despertamos? El tiempo. Manecilla a manecilla se come nuestros cuerpos, ilusiones,
intenciones. Nuestras ganas de siquiera pensarlo. Mediante una excusa u otra
nos convencemos de que esta es nuestra vida y que, de hecho, así es como la
hemos elegido, cuando lo cierto es que nuestro propio cuerpo se anticipa unas
milésimas de segundo a nuestra propia actuación. ¿Determinismo, destino,
cosmos, locura? O una simple reflexión. De cómo la felicidad es una invención
para adecuarnos a lo que tenemos, porque lo cierto es que de aquí, de este
mundo, no podemos salir, y el conformismo es lo único que se interpone entre
nosotros y lo que llamamos existencia. Porque lo cierto es que acaba. Y al
final, no somos nadie, simples números en el recuento del final de un año.
Porque al fin y al cabo, nuestro cuerpo es sabio, y sabe cómo hacernos creer
como podemos continuar. Porque la magia no existe, son simples reacciones
hormonales, una conjunción de estaciones, momentos o situaciones que en el
fondo, ni controlamos, ni sabemos que existen. Porque, porque, porque… La
verdad, no hace ni falta preguntárselo, porque el único por qué que nos sale
pensar, es que mañana volveremos a despertar, y el contador seguirá en marcha,
esperando a que algo, simplemente, cuente, o pase, o colapse.
Navegante de estrellas
miércoles, 25 de diciembre de 2013
martes, 18 de junio de 2013
Ella, tumbada en la
arena, lo único que quería era deshacerse, del mundo, de su identidad. Permitir
que se la comiera el mundo en vez de comérselo ella. Respiraba lentamente, muy
bajito, para que nadie la escuchara y tuviera a bien “salvarla”. Ella, más
minúscula que un granito de esa arena sobre la que se escondía, desterraba sus
pensamientos, recuerdos y fantasías en una caja de fino cristal. Se negaba a
abrirla, para evitar al huracán. Las olas mojaban sus pies y la luna le
iluminaba el rostro, pero ella no estaba. Ni estaría. Al menos durante esos
minutos en los que ella se enterrara en la playa más lejana de su propia
habitación. Tapada con una manta y en el medio de la ciudad, ella, soñaba
alejarse, pero nunca era suficiente.
miércoles, 24 de abril de 2013
lunes, 1 de abril de 2013
Una canción, una nota que
te llama, te susurra y te envuelve. Una guitarra de fondo y ya eres suyo, por
completo. Te entregas a su tono, a su adaggio y a su textura. Tu cuerpo se
balancea y tu pecho se hincha. Vas vienes, cierras los ojos y la notas dentro
de ti, en un lugar donde sólo estas cosas pueden existir. Y notas que se va a
terminar, y algo se apaga en ti. Pero no te decepciona. Sube, sube sube sube
alto y te pierdes aún más entre los acordes escondidos de ese teclado. Y
entonces sí, se acaba, porque te tiene que dejar descansar después de tanta
emoción, porque no es bueno gastar lo que tanto te gusta. Hay que ir lento, muy
lento para ir descubriéndola poco a poco. Con tranquilidad y una sensación de
energía, un cosquilleo que notas en la punta de los dedos, vuelves a tu mundo.
Escucha. ¿La oyes? La música. Yo la oigo en todas partes. En el
viento, en el aire, en la luz. Está por todas partes. Todo lo que tienes
que hacer es abrirte. Todo lo que tienes que hacer es escuchar.
domingo, 18 de noviembre de 2012
Un día, un lugar, un momento no concreto. Él sale de su
pequeño escondrijo, tratando de que nadie le vea. Es un secreto y nadie puede
conocerlo. La rutina le empuja a mirar a su alrededor antes de continuar su
marcha. Avanza despacio, y luego echa a correr. Como siempre esta es la mejor
parte. Es pequeño y puede moverse por recovecos muy pequeños. Va tan rápido que
se le desdibujan las formas. Cuando llega al punto indicado se sienta y
descansa. Esas son las mejores vistas de todo el cuerpo. Se nota su lenta
respiración, tranquila, somnolienta. Todo el ambiente esta semi-iluminado con
un brillo nocturno muy peculiar y difuso. Casi se puede entrever la fantasía de
los sueños del cuerpo que duerme plácidamente. Respirando hondo recoge el bote
que había dejado en el suelo y lo abre. Deja que las pequeñas partículas de
aire que sale de la nariz entren. Recoge las cosas y se pone en marcha, pero
esta vez más despacio. Baja despacio por las mejillas, siempre blanditas y un
poco sonrosadas. Se acerca a los labios y muy dulcemente escala por ellos. Se
desliza por el cuello, acariciándolo imperceptiblemente. Atraviesa el canal
directo hacia el ombligo, donde vuelve a entrar para ponerse a trabajar.
Al entrar y dejar el bote en el orificio correspondiente
comienza a concentrarse, sumido en la rutina de nuevo. “Un trozo de esto, un
suspiro de aquello, lo unimos con lo de ahí y listo”. Y directo al horno. Sólo
se necesitan 7 segundos y medio para que esté listo. Desde ahí ve a sus otros
compañeros en sus puestos, trabajando como cada noche a estas horas. Los más
cercanos son los del puesto de la felicidad y la rabia. Los del enfado estaban
teniendo algunos problemas, porque tenían que hacer una producción mayor de lo
normal puesto que el cuerpo se encontraba en lo que ellos llaman “esos días del
mes”.
Su puesto es uno de los más antiguos. Dice la leyenda que se
creó por casualidad. Uno de los primeros trabajadores estaba aprendiendo en el
puesto del odio, pero se aburría y nada le salía bien. Cada vez que intentaba
crear algún dragón se acababa convirtiendo en una pelota para jugar o una
hermosa flor. Una noche su maestro le dejó a solas para poder un recoger un
poco de aire, y se le mezclaron dos botes muy oscuros y muy poderosos. Ya era
tarde para poder hacer nada y se necesitaba con urgencia, asique cuando se
juntó con el aire y fue al horno ya no había nada que hacer. Cuando pasó al
organismo hubo una reacción muy rara. Todo comenzó a ir más deprisa y con mucha
intensidad. Ahora se requerían el doble de sentimientos, tanto positivos como
negativos en el mismo momento, una mezcla
muy potente. Todo el mundo estaba maravillado, porque el cuerpo había
potenciado su actividad de manera espectacular. Cuando descubrieron la mezcla hicieron
que se difundiera por los otros cuerpos y así comenzó uno de los puestos más
importantes de todos, el amor.
La fábrica comenzaba cuando el cuerpo dormía para reponer
los sentimientos que podría usar durante el día siguiente. Los más sencillos
de crear eran los de la ignorancia, por eso cuando el cuerpo no dormía las
suficientes horas y gastaba los demás sentimientos, era los que usaba. En el
caso del amor existía un turno de mañana. No sólo no era sencillo de hacer sino
que además se gastaba muy rápido. Era bastante peligroso trabajar por la mañana
por miedo a que los descubrieran, pero los cuerpos han aprendido a dar una
sencilla explicación para lo que sienten mientras trabajan, llamado “mariposas
en el estómago”.
Aunque él no terminaba de comprender la forma de actuar o de
pensar de ellos, los admiraba profundamente y había aprendido a amar ese
cuerpo. Le fascinaba la facilidad que tenían para hacerlo pedazos y luego
volver a retomar las riendas de todo con valor. Con un leve suspiro y una
sonrisa volvió al trabajo.
martes, 28 de agosto de 2012
Mi castillo de cristal, con una banda sonora de Rock clásico.
Optimismo y pesimismo comparten habitación en un mundo en el que nada es lo que
es. Las paredes se agrandan y se estrechan en función de la hora en la que el
sol les da de refilón. Nunca hay día y nunca hay noche, ahí donde los sueños
empiezan. Poco a poco la parsimonia de la juventud pasa de largo recogiendo los
chupetes que un día tiró; y las teclas no dejan de sonar mientras los pájaros
revolotean delicadamente sobre unas flores que no les convienen, y sin embargo,
no lo pueden evitar.
En mi castillo de cristal, las escaleras son de mármol, las
ventanas de latón y los cuadros de espejos mágicos creados más allá de las
montañas.
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