Una canción, una nota que
te llama, te susurra y te envuelve. Una guitarra de fondo y ya eres suyo, por
completo. Te entregas a su tono, a su adaggio y a su textura. Tu cuerpo se
balancea y tu pecho se hincha. Vas vienes, cierras los ojos y la notas dentro
de ti, en un lugar donde sólo estas cosas pueden existir. Y notas que se va a
terminar, y algo se apaga en ti. Pero no te decepciona. Sube, sube sube sube
alto y te pierdes aún más entre los acordes escondidos de ese teclado. Y
entonces sí, se acaba, porque te tiene que dejar descansar después de tanta
emoción, porque no es bueno gastar lo que tanto te gusta. Hay que ir lento, muy
lento para ir descubriéndola poco a poco. Con tranquilidad y una sensación de
energía, un cosquilleo que notas en la punta de los dedos, vuelves a tu mundo.
Escucha. ¿La oyes? La música. Yo la oigo en todas partes. En el
viento, en el aire, en la luz. Está por todas partes. Todo lo que tienes
que hacer es abrirte. Todo lo que tienes que hacer es escuchar.
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