lunes, 1 de abril de 2013



Una canción, una nota que te llama, te susurra y te envuelve. Una guitarra de fondo y ya eres suyo, por completo. Te entregas a su tono, a su adaggio y a su textura. Tu cuerpo se balancea y tu pecho se hincha. Vas vienes, cierras los ojos y la notas dentro de ti, en un lugar donde sólo estas cosas pueden existir. Y notas que se va a terminar, y algo se apaga en ti. Pero no te decepciona. Sube, sube sube sube alto y te pierdes aún más entre los acordes escondidos de ese teclado. Y entonces sí, se acaba, porque te tiene que dejar descansar después de tanta emoción, porque no es bueno gastar lo que tanto te gusta. Hay que ir lento, muy lento para ir descubriéndola poco a poco. Con tranquilidad y una sensación de energía, un cosquilleo que notas en la punta de los dedos, vuelves a tu mundo.


Escucha. ¿La oyes? La música. Yo la oigo en todas partes. En el viento, en el aire, en la luz. Está por todas partes. Todo lo que tienes que hacer es abrirte. Todo lo que tienes que hacer es escuchar.

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