Los satélites que se
lanzan al espacio, no están flotando alrededor, libres y sin ataduras. Lo que
realmente están haciendo es caer. Una y otra vez. La gravedad les empuja a un
vacío sin fin que termina por convertirse en una rutina giratoria de la que no
saben escapar. Y ellos siguen la corriente, porque es lo que en realidad
tienen, deben, saben hacer. ¿Y qué hay de lo demás? ¿Qué es lo que queda cuando
despertamos? El tiempo. Manecilla a manecilla se come nuestros cuerpos, ilusiones,
intenciones. Nuestras ganas de siquiera pensarlo. Mediante una excusa u otra
nos convencemos de que esta es nuestra vida y que, de hecho, así es como la
hemos elegido, cuando lo cierto es que nuestro propio cuerpo se anticipa unas
milésimas de segundo a nuestra propia actuación. ¿Determinismo, destino,
cosmos, locura? O una simple reflexión. De cómo la felicidad es una invención
para adecuarnos a lo que tenemos, porque lo cierto es que de aquí, de este
mundo, no podemos salir, y el conformismo es lo único que se interpone entre
nosotros y lo que llamamos existencia. Porque lo cierto es que acaba. Y al
final, no somos nadie, simples números en el recuento del final de un año.
Porque al fin y al cabo, nuestro cuerpo es sabio, y sabe cómo hacernos creer
como podemos continuar. Porque la magia no existe, son simples reacciones
hormonales, una conjunción de estaciones, momentos o situaciones que en el
fondo, ni controlamos, ni sabemos que existen. Porque, porque, porque… La
verdad, no hace ni falta preguntárselo, porque el único por qué que nos sale
pensar, es que mañana volveremos a despertar, y el contador seguirá en marcha,
esperando a que algo, simplemente, cuente, o pase, o colapse.