domingo, 18 de noviembre de 2012



Un día, un lugar, un momento no concreto. Él sale de su pequeño escondrijo, tratando de que nadie le vea. Es un secreto y nadie puede conocerlo. La rutina le empuja a mirar a su alrededor antes de continuar su marcha. Avanza despacio, y luego echa a correr. Como siempre esta es la mejor parte. Es pequeño y puede moverse por recovecos muy pequeños. Va tan rápido que se le desdibujan las formas. Cuando llega al punto indicado se sienta y descansa. Esas son las mejores vistas de todo el cuerpo. Se nota su lenta respiración, tranquila, somnolienta. Todo el ambiente esta semi-iluminado con un brillo nocturno muy peculiar y difuso. Casi se puede entrever la fantasía de los sueños del cuerpo que duerme plácidamente. Respirando hondo recoge el bote que había dejado en el suelo y lo abre. Deja que las pequeñas partículas de aire que sale de la nariz entren. Recoge las cosas y se pone en marcha, pero esta vez más despacio. Baja despacio por las mejillas, siempre blanditas y un poco sonrosadas. Se acerca a los labios y muy dulcemente escala por ellos. Se desliza por el cuello, acariciándolo imperceptiblemente. Atraviesa el canal directo hacia el ombligo, donde vuelve a entrar para ponerse a trabajar.

Al entrar y dejar el bote en el orificio correspondiente comienza a concentrarse, sumido en la rutina de nuevo. “Un trozo de esto, un suspiro de aquello, lo unimos con lo de ahí y listo”. Y directo al horno. Sólo se necesitan 7 segundos y medio para que esté listo. Desde ahí ve a sus otros compañeros en sus puestos, trabajando como cada noche a estas horas. Los más cercanos son los del puesto de la felicidad y la rabia. Los del enfado estaban teniendo algunos problemas, porque tenían que hacer una producción mayor de lo normal puesto que el cuerpo se encontraba en lo que ellos llaman “esos días del mes”.

Su puesto es uno de los más antiguos. Dice la leyenda que se creó por casualidad. Uno de los primeros trabajadores estaba aprendiendo en el puesto del odio, pero se aburría y nada le salía bien. Cada vez que intentaba crear algún dragón se acababa convirtiendo en una pelota para jugar o una hermosa flor. Una noche su maestro le dejó a solas para poder un recoger un poco de aire, y se le mezclaron dos botes muy oscuros y muy poderosos. Ya era tarde para poder hacer nada y se necesitaba con urgencia, asique cuando se juntó con el aire y fue al horno ya no había nada que hacer. Cuando pasó al organismo hubo una reacción muy rara. Todo comenzó a ir más deprisa y con mucha intensidad. Ahora se requerían el doble de sentimientos, tanto positivos como negativos en el mismo momento, una mezcla  muy potente. Todo el mundo estaba maravillado, porque el cuerpo había potenciado su actividad de manera espectacular. Cuando descubrieron la mezcla hicieron que se difundiera por los otros cuerpos y así comenzó uno de los puestos más importantes de todos, el amor.

La fábrica comenzaba cuando el cuerpo dormía para reponer los sentimientos que podría usar durante el día siguiente. Los más sencillos de crear eran los de la ignorancia, por eso cuando el cuerpo no dormía las suficientes horas y gastaba los demás sentimientos, era los que usaba. En el caso del amor existía un turno de mañana. No sólo no era sencillo de hacer sino que además se gastaba muy rápido. Era bastante peligroso trabajar por la mañana por miedo a que los descubrieran, pero los cuerpos han aprendido a dar una sencilla explicación para lo que sienten mientras trabajan, llamado “mariposas en el estómago”.
Aunque él no terminaba de comprender la forma de actuar o de pensar de ellos, los admiraba profundamente y había aprendido a amar ese cuerpo. Le fascinaba la facilidad que tenían para hacerlo pedazos y luego volver a retomar las riendas de todo con valor. Con un leve suspiro y una sonrisa volvió al trabajo.