Un día, un lugar, un momento no concreto. Él sale de su
pequeño escondrijo, tratando de que nadie le vea. Es un secreto y nadie puede
conocerlo. La rutina le empuja a mirar a su alrededor antes de continuar su
marcha. Avanza despacio, y luego echa a correr. Como siempre esta es la mejor
parte. Es pequeño y puede moverse por recovecos muy pequeños. Va tan rápido que
se le desdibujan las formas. Cuando llega al punto indicado se sienta y
descansa. Esas son las mejores vistas de todo el cuerpo. Se nota su lenta
respiración, tranquila, somnolienta. Todo el ambiente esta semi-iluminado con
un brillo nocturno muy peculiar y difuso. Casi se puede entrever la fantasía de
los sueños del cuerpo que duerme plácidamente. Respirando hondo recoge el bote
que había dejado en el suelo y lo abre. Deja que las pequeñas partículas de
aire que sale de la nariz entren. Recoge las cosas y se pone en marcha, pero
esta vez más despacio. Baja despacio por las mejillas, siempre blanditas y un
poco sonrosadas. Se acerca a los labios y muy dulcemente escala por ellos. Se
desliza por el cuello, acariciándolo imperceptiblemente. Atraviesa el canal
directo hacia el ombligo, donde vuelve a entrar para ponerse a trabajar.
Al entrar y dejar el bote en el orificio correspondiente
comienza a concentrarse, sumido en la rutina de nuevo. “Un trozo de esto, un
suspiro de aquello, lo unimos con lo de ahí y listo”. Y directo al horno. Sólo
se necesitan 7 segundos y medio para que esté listo. Desde ahí ve a sus otros
compañeros en sus puestos, trabajando como cada noche a estas horas. Los más
cercanos son los del puesto de la felicidad y la rabia. Los del enfado estaban
teniendo algunos problemas, porque tenían que hacer una producción mayor de lo
normal puesto que el cuerpo se encontraba en lo que ellos llaman “esos días del
mes”.
Su puesto es uno de los más antiguos. Dice la leyenda que se
creó por casualidad. Uno de los primeros trabajadores estaba aprendiendo en el
puesto del odio, pero se aburría y nada le salía bien. Cada vez que intentaba
crear algún dragón se acababa convirtiendo en una pelota para jugar o una
hermosa flor. Una noche su maestro le dejó a solas para poder un recoger un
poco de aire, y se le mezclaron dos botes muy oscuros y muy poderosos. Ya era
tarde para poder hacer nada y se necesitaba con urgencia, asique cuando se
juntó con el aire y fue al horno ya no había nada que hacer. Cuando pasó al
organismo hubo una reacción muy rara. Todo comenzó a ir más deprisa y con mucha
intensidad. Ahora se requerían el doble de sentimientos, tanto positivos como
negativos en el mismo momento, una mezcla
muy potente. Todo el mundo estaba maravillado, porque el cuerpo había
potenciado su actividad de manera espectacular. Cuando descubrieron la mezcla hicieron
que se difundiera por los otros cuerpos y así comenzó uno de los puestos más
importantes de todos, el amor.
La fábrica comenzaba cuando el cuerpo dormía para reponer
los sentimientos que podría usar durante el día siguiente. Los más sencillos
de crear eran los de la ignorancia, por eso cuando el cuerpo no dormía las
suficientes horas y gastaba los demás sentimientos, era los que usaba. En el
caso del amor existía un turno de mañana. No sólo no era sencillo de hacer sino
que además se gastaba muy rápido. Era bastante peligroso trabajar por la mañana
por miedo a que los descubrieran, pero los cuerpos han aprendido a dar una
sencilla explicación para lo que sienten mientras trabajan, llamado “mariposas
en el estómago”.
Aunque él no terminaba de comprender la forma de actuar o de
pensar de ellos, los admiraba profundamente y había aprendido a amar ese
cuerpo. Le fascinaba la facilidad que tenían para hacerlo pedazos y luego
volver a retomar las riendas de todo con valor. Con un leve suspiro y una
sonrisa volvió al trabajo.
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