lunes, 4 de julio de 2011


La pared naranja me mira incesante, mientras yo no se que contestar.
Sigo a lo mío, como siempre, pero noto su mirada clavada en mi alma. ¿No ves que no lo entiendo? Relájate y déjame vivir. Pero ella no cesa en su intento de lograr algo que el resto del mundo desconoce. Cada día, cada noche. Ella está ahí, con el mismo interrogante en cada célula de su preciado y arrugado gotelé del color de un atardecer apagado. Ella, que ha vivido cada uno de mis pasos, que si pudiese escribir un diario sobre mi vida, me sorprendería hasta a mi misma. Ella que continúa impasible ante el frío y el calor, que su color no se derrite ni con un vaso de agua, donde se ahogan las palabras de los demás. Quiere pero no puede, sabe pero escucha a pesar de todo. No se mueve, no actúa, no reflexiona, ni acaricia. Pero sabe, conoce más que un viejo sauce.
Continúa ahí, la vieja y desgastada pared de color naranja, del color que no olvida, ni puede siquiera decir lo que con tantas ansias revela con su estremecedor tacto agridulce, porque te cuenta lo que no quieres oír.
Esa vieja pared que remueve tus cajones, pero que ni oyes, ni sientes, ni tienes la idea de que existe…

2 comentarios:

  1. Pues yo no me rano esa pared chachi genial, esto es una injusticia señoría! :)
    <>

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  2. Me gustaría tener una pared así de pesada, llena de recuerdos y conversaciones; y no tan aburrida y callada como ésta, mi pared, que también es naranja :)

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