Una tarde cualquiera de verano, un día sin más. Sales de casa e inexplicablemente, cuando metes la mano en tu bolsillo, los cascos no están. Te planteas volver a por ellos, pero ya llegas tarde, y aunque te espera un trayecto de más de media hora, te resignas y vas hacia el metro.
Cuando entras en la estación con la sensación de aburrimiento total, descubres cosas que te llaman la atención. La pareja de al lado se susurra cosas que creen que no oyes, inmersos en su burbuja improvisada; la niña le pide a su madre un caramelo; las señoras mayores se ponen al día discutiendo sobre cuál tiene la mejor nieta de las dos; el chico del fondo tiene unos cascos puestos y tararea una canción que reconoces.
Llega el metro y te metes con la sensación de que el trayecto no será tan largo, que quizás hicieses bien en haberte dejado los cascos, y descubres que en el tren hay… SILENCIO.
Apenas se oyen unos murmullos de algunas personas.
Las palabras se venden a un precio alto al pasar las puertas y se debaten entre el sonido del tren avanzando por las vías y el pudor de la gente de alrededor. Como si estuvieran paralizados.
En vez de “metro” debería llamarse reflexiones personales, porque apenas se oye un alma.
El tren avanza de estación a estación y las personas van cambiándose por otras. En algunos casos tienes suerte y suben personas que parece que traen algo de divertido, pero cuando entran y se sientan, coinciden en el patrón del voto de silencio y la nula sociabilidad.
Las personas dejan entre ellas asientos de distancia y otras se plantean si sentarse al lado de otro desconocido.
El tren para de nuevo, y yo me bajo en la estación, donde parece que el mundo vuelve a moverse, devolviéndoles las palabras y los gritos que se les piden de fianza al entrar en un vagón…
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